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Hay historias que no nacen del capricho de los hombres, sino de la urgencia del alma por trascender su propia mortalidad. La leyenda de Troya -la ciudad de altas torres, la de los hermosos corceles y los templos que desafiaron la paciencia del mar- suele contarse desde las cenizas. Nos han enseñado a mirar Ilión como una pira funeraria, como el escenario final donde el destino griego clavó su lanza victoriosa. Pero antes del humo, antes del caballo de madera y de los lamentos de las madres en la madrugada, hubo un tiempo en que la tierra temblaba bajo el paso de los dioses y el pulso de un hombre puro.
Esta obra no es un eco de la épica tradicional; es el nacimiento de una voz inédita. Aquí no asistiremos pasivamente a la tragedia ya escrita, sino que viajaremos al origen mismo del pulso vital de Héctor, el defensor supremo. Desde los primeros destellos de su infancia en los valles sagrados del Ida hasta el umbral sagrado y terrible en que las naves de Acaya manchan el horizonte, cada verso busca restaurar la dignidad del héroe que amaba la paz pero abrazó la guerra por amor a los suyos.
José L. Vásquez levanta aquí un monumento literario de veinticuatro cantos, estructurados como los pilares de un templo eterno. En ellos, la poesía moderna se funde con la solemnidad del mito antiguo. Cada canto es una piedra tallada con precisión de orfebre y aliento de tempestad. Las divinidades del Olimpo observan, interfieren y lloran, recordándonos que los mortales son los únicos capaces de dar verdadero sentido a la eternidad con su breve paso.
Que el lector se despoje de su tiempo y cruce las puertas escayas. El viento trae el sonido del mar y el brillo lejano de las lanzas. Comienza la leyenda.
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