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Qué comían, cuánto cobraban, cómo era su casa por dentro y de qué se morían los hombres que levantaron las pirámides de Egipto.
Bajo la arena de Guiza, a unos cientos de metros de la Esfinge, apareció la ciudad donde vivieron los obreros de Keops. Panaderías montadas para dar de comer a miles de personas, silos de grano, corrales de ganado, naves de treinta y cuatro metros de largo con plataformas para dormir, y un cementerio donde aquellos hombres se enterraron con la piedra que sobraba de la obra del rey. Algunos, bajo una pirámide en miniatura.
Mil años después, al otro lado del país, otro poblado de obreros excavaba y pintaba las tumbas del Valle de los Reyes. Se llamaba el Lugar de la Verdad. De sus vecinos se conservan miles de trozos de piedra escritos, y en ellos está todo: lo que cobraba cada hombre, los pleitos entre familias, el día que dejaron de trabajar y se sentaron a la puerta de un templo a reclamar el grano que les debían, el testamento de una viuda que desheredó a tres de sus ocho hijos, y el registro donde el escriba apuntaba en tinta roja por qué no habías ido a trabajar. A uno le había picado un escorpión. Otro estaba haciendo cerveza.
Esto es lo que quedó de ellos. Y es muchísimo más de lo que nadie esperaba encontrar.
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